
«Con todo lo necesario que es, el desarrollo del intelecto no representa más que un medio para llegar a un fin. El rol del intelecto es llegar a ser un medio que permita
penetrar en las nuevas dimensiones del pensamiento y de la conciencia, y despertar la facultad intuitiva de la «razón pura». La meditación ocultista permite franquear el abismo existente entre la triple mente y la intuición». (Bailey, A.A., Del Intelecto a la Intuición:1)
¿Cómo puede el hombre descubrir su Alma o probar la realidad de la existencia de esa Alma? ¿Cómo puede el hombre reajustarse a las condiciones de la vida del Alma y empezar a actuar consciente y simultáneamente como Alma y como hombre? ¿Qué debe hacer para alcanzar la unión entre el Alma y su instrumento, condición esencial para satisfacer el impulsivo anhelo de su naturaleza? ¿Cómo puede saber y no simplemente creer, esperar y aspirar? La voz experimentada de la sabiduría oriental responde con una sola palabra: Meditación. La pregunta surge lógicamente: «¿Es eso todo?» y la respuesta es: «Sí». Cuando la meditación se practica
correctamente y la perseverancia es la tónica de la vida, se establece creciente contacto con el Alma.
El resultado de este contacto se traduce en autodisciplina, en purificación y en una vida de aspiración y servicio. La meditación, en sentido oriental como veremos, es un proceso estrictamente mental, que conduce al conocimiento del Alma y a la iluminación. Es un hecho en la naturaleza de que «como el hombre piensa, así es él» (Del Intelecto a la Intuición:24).